‘¡Esto es la Guerra!’ de Robert Capa y Gerda Taro en Madrid

2 de Septiembre de 2010 Publicado por Orlando Suárez Cámara

“Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente” (Robert Capa)

Ernest Andrei Friedmann (Budapest, Hungría 1913 – Thai Binh, Vietnam 1954), conocido bajo el apelativo de Robert Capa, captó con su objetivo algunos de los momentos cruciales del pasado siglo XX, siendo probablemente el corresponsal gráfico de guerra más importante de los últimos cien años. Sus fotografías más contundentes (de la Guerra Civil española, la I Guerra de Indochina o la II Guerra Mundial) coparon las portadas de las principales revistas de la época.

En 1929, con tan sólo 18 años, abandonó Hungría y viajó a París, donde conoció al fotógrafo David Seymour, quien le consiguió un trabajo como reportero gráfico en la revista Regards para cubrir las movilizaciones del Frente Popular. Entre 1932 y 1936, tratando de escapar del nazismo, conoció a la fotógrafa alemana Gerda Taro (nacida Gerda Pohorylle) que acabaría siendo su novia, y junto a la cual inventa la figura de Robert Capa, un pseudónimo utilizado por ambos para aumentar el valor de sus trabajos.

Así, coincidiendo con la Guerra Civil española –etapa donde falleció Taro–, Capa se trasladó a España, permaneciendo siempre en primera línea durante la contienda. De esta manera, en el frente de Córdoba, tomó una de las instantáneas por las que fue mundialmente reconocido: Muerte de un Miliciano (1936). Igualmente, también retrató los principales escenarios bélicos de la II Guerra Mundial y, en 1947, creó la agencia Magnum Photos junto a Henri Cartier-Bresson, George Rodger, Bill Vandivert y David (Chim) Seymour. En 1954, dada su fama, fue reclamado por la revista Life para cubrir la Guerra de Indochina, falleciendo en aquel conflicto el 25 de mayo, tras pisar una mina.

Por todo ello, la Fundación Pablo Iglesias, el International Center of Photography (ICP) y el Círculo de Bellas Artes de Madrid han organizado una exposición, titulada ‘This is war!’ (¡Esto es la guerra!), compuesta por 170 instantáneas, algunas de ellas inéditas hasta la fecha, que se aproxima a las innovaciones de Capa como reportero gráfico e incluye las imágenes tomadas por el fotógrafo húngaro en la Batalla del Ebro. Asimismo, junto a las fotografías de guerra de Capa, se presentan casi un centenar de imágenes de Gerda Taro, realizadas durante la contienda española. Una fantástica exposición que puede verse, hasta el próximo domingo (día 5 de septiembre de 2010), en la Sala Goya del Círculo de Bellas Artes de Madrid, sito en Alcala 42 (ver mapa), por el casi simbólico precio de 1 euro.

760 años del asesinato de santo Dominguito de Val

1 de Septiembre de 2010 Publicado por Domingo Buesa Conde

Hoy, cuando iniciamos el mes de septiembre, quiero recordaros que ayer se cumplían los 760 años del asesinato de santo Dominguito del Val, un niño zaragozano de siete años de edad que era infante de coro en la Catedral del Salvador. Era hijo del notario Sancho del Val y fue elegido por los judíos para cometer con él una venganza y crucificarlo al modo que lo fuera Jesús de Nazaret. Unos pescadores descubrieron el cuerpo mutilado por los judíos, lo llevaron a su parroquia de San Gil y la ciudad lo convirtió en patrono de esos infanticos que nos lo recuerdan cuando los oímos cantar en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Era el 31 de agosto de 1250 y reinaba Jaime I. Lo podéis ver en este grabado de Mateo González, realizado en el año 1793.

Domingo Buesa repasa la historia de Senegüé…

31 de Agosto de 2010 Publicado por Domingo Buesa Conde

Mercedes PORTELLA | 12/08/2010

SABIÑÁNIGO.- Domingo Buesa, catedrático de Historia y presidente de la Real Academia de San Luis de Zaragoza, ofreció el pasado sábado en Senegüé una conferencia sobre los diferentes acontecimientos históricos y cómo pudieron influir éstos en el modelo de vida de Senegüé y Sorripas desde el siglo II al XV.

En esta charla, organizada por la Asociación de Vecinos de Senegüé y Sorripas dentro del programa de actividades del mes de agosto, Domingo Buesa habló de los primeros asentamientos en lo alto de la morrena del glaciar en Senegüé, en la entrada al valle y en la zona fértil pasando por la influencia musulmana.

El catedrático también hizo referencia al modo de vida existente en Senegüé (organización, tributos, obligaciones con el rey, etcétera) cuando la localidad fue declarada “villa” por los reyes Ramiro I y Sancho Ramírez en el siglo XI. Además, la importancia de este núcleo creció cuando fue cabecera de la “honor de Senegüé” que abarcaba el territorio y pueblos comprendidos en el entorno del río Gállego entre Biescas y Sabiñánigo, además de los monasterios de San Úrbez de la Garganta y San Pelay de Gavín.

Asimismo, Domingo Buesa se refirió a la fortaleza musulmana y posteriormente cristiana que existió en el lugar que hoy ocupa la iglesia de Senegüé, y la importancia que tuvo el monasterio de San Salvador, encima del pueblo de Sorripas, así como los nombres etimológicos de Senegüé y Gállego.

El presidente de la Asociación de Vecinos de Senegüé y Sorripas, José Antonio Pardo, expresó su agradecimiento. “Ahora que estamos embarcados en el trabajo de recopilación de datos sobre la toponimia geográfica, historia, vivencias y singularidad de Senegüé y Sorripas, que se recogerán próximamente en un libro, este trabajo de Domingo Buesa supone un buen empujón para nuestro trabajo y nos ayuda a entender un poco más las raíces históricas de nuestros pueblos”.

El final de San Juan de la Peña a manos de los franceses…

25 de Agosto de 2010 Publicado por Orlando Suárez Cámara

“…la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes” (Miguel de Unamuno)

En pleno Pirineo aragonés, al pie de una enorme roca cortada a pico en la sierra de San Juan situada en las cercanías de la ciudad de Jaca, a sólo veintisiete kilómetros de distancia y en los verdes paisajes del valle de Atarés, se encuentra ubicado el antiguo cenobio mozárabe que ha terminado convirtiéndose en el símbolo del Reino de Aragón, el monasterio benedictino más próspero del Aragón del siglo XI, un centro del poder religioso y político en el que fueron sepultados grandes reyes aragoneses y navarros como Sancho el Mayor, Ramiro I o Alfonso I, y convertido en lugar de peregrinaje en la vía francesa del Camino de Santiago.

Un conjunto histórico-artístico que, más allá de la crisis económica de finales del siglo XVI, inició su cuenta atrás a finales del XVIII, con la Guerra de la Convención contra los revolucionarios franceses, que supuso la desaparición de parte de la orfebrería pinatense entregada al rey Carlos IV para emplear su valor monetario en defender a la nación, aunque de manera más trágica resultó el episodio de la Guerra de la Independencia. En 1809, mientras la invasión napoleónica tomaba Huesca y Zaragoza, en San Juan de la Peña se estableció un núcleo de resistencia, de la mano de Miguel Sarasa –guerrillero del cercano pueblo de Embun–, que se refugió en el monasterio.

Así, se produjo un terrible suceso del que hoy se cumplen 201 años, ese momento en el que los franceses, respetando el monasterio Viejo, decidieron incendiar el monasterio barroco, además de proceder a fundir abundantes objetos litúrgicos del tesoro pinatense que pudieron robar los soldados de Napoleón, por lo que el monasterio Nuevo comenzó a vivir épocas de penurias económicas que se acrecentaron cuando se comenzó a reconstruir en 1815 y se atendió al ornato de la iglesia principal.

Pero la sucesión de trágicos episodios no acabaría aquí ya que, en agosto de 1835, el gobernador militar y político de Jaca ordenó el desalojo del monasterio, como castigo al apoyo que éste había prestado a los ejércitos carlistas rebeldes a Isabel II. Y, poco después, este abandono de los monjes sería definitivo en ese mismo año, cuando el ministro Mendizábal puso en marcha su famoso proceso de desamortización, que culminaría con la calificación de todos los bienes y edificios del monasterio como propiedad nacional.

Tan sólo se salvaron unos pocos objetos que fueron trasladados a la catedral de Jaca, como es el caso de las dos urnas de plata que contenían los restos de san Indalecio y de los santos Voto y Félix. La escasa docena de monjes que habitaban el monasterio en aquel momento, bajo el gobierno de su último abad, fray Pascual Ara, acabaron sus días repartidos entre la catedral de Jaca y las parroquias del entorno. Una situación lamentablemente irreversible, provocada también por la sucesión de otros acontecimientos singulares, como la pérdida de las propiedades seculares, que provocó el final de la vida monástica en estos parajes de la sierra de San Juan de la Peña.

· Bibliografía: Buesa Conde, Domingo J.: ‘Monasterio de san Juan de la Peña’; León, 2004 (Editorial Everest)