Pronto se cumplirán los ochocientos años de la conquista de Tarazona por Alfonso el Batallador, en 1119, buscando un paisaje fértil, en el valle del Queiles, intentando controlar la comunicación del valle del Ebro con la Meseta, regiones de economía diferenciada y con una extensa y rica huerta. En suma, intentando gobernar ese emplazamiento defensivo sobre un montículo de materiales terciarios que domina la llanura aluvial del Queiles y que sostiene el paisaje urbano de Tarazona. Concluía en ese momento la vieja historia romana del lugar, construido sobre los restos de un primitivo núcleo celtibérico formado —según Manrique— no lejos de la fuente que nace cerca del paseo de San Juan, junto a la antigua muralla. Pero, esta rica y estratégica ciudad romana, se amplió en el medievo con una potente muralla y con un plano perfectamente organizado que recordaba el cardo romano con la calle de San Atilano y el decumano discurriendo por las angostas de San Bernardo y San Atilano…, mientras el punto fuerte de la ciudad, donde residía la autoridad militar, era el actual palacio episcopal. Se construye a mediados del siglo XII la catedral nueva al otro lado del río, la misma catedral que en estos días está viviendo el final de su noche de los tiempos y parece que va a inaugurarse después de tropecientos años en obras…
Me gusta y mucho el hablar de este barrio en el que tengo muy buenos amigos comerciantes, estudiosos, archiveras de la iglesia, y gentes que sacan adelante las asociaciones que trabajan por los demás y por el barrio, de manera silenciosa y ejemplar conviviendo con amargadas que sólo saben protestar para ocultar que no hacen nada de nada y que son una rémora para todos. Bueno, pero esa gente no nos debe ocupar ni un segundo puesto que en este barrio casi todos son de aquellos que apuestan por los demás. Por eso, y seguro que ampliará los datos mi respetada amiga Francha, hoy os hablo de una nueva noticia de este barrio al que dedica tantos afanes el compañero académico Fernando Solsona e ilustres investigadores como el admirado mosen Pedro Calahorra o mi buena amiga la catedrática Carmen Morte. Para el día cinco de abril deben recordar que ocurrió un acontecimiento importante que tuvo lugar hace casi ochocientos años: la confirmación de los privilegios a los pobladores del nuevo barrio de San Pablo en Zaragoza, uno de los barrios nacidos en tiempos de este singular rey y que nacieron como ámbito de vivienda para familias que se dedicaban a la agricultura. El barrio de san Pablo, el primer ensanche del siglo XIII a partir de la puerta del noreste, donde se celebraba el mercado, se acabó convirtiendo en un espacio perfectamente organizado, con calles rectas y organizadas, con casas modernas para su época, con una iglesia que comenzaba a atisbarse como monumental… El barrio de San Pablo se consolida como una unidad económica muy importante. Y todo este reconocimiento de la importancia que estaba llamado a tener este barrio en la historia zaragozana, fue reconocido por el rey Jaime I que, en 1218 confirmó los “fueros” del barrio. Como telón de fondo, el Aragón del momento vive la calamitosa situación de ruina que había dejado el anterior rey, Pedro II, que dejó el estado en la quiebra y sin recursos a un reino que recibía un niño agobiado por todos los poderosos: Jaime I el Conquistador.
En la primavera de 1766 la ciudad de Zaragoza padece una fuerte crisis, hay hambre como consecuencia de las malas cosechas de 1765, los precios de los cereales están por la nubes, y la gente no ve salida a sus padecimientos. Todo un escenario en el que era lógico estallara la revuelta, el motín del pan que así se llamara a este proceso de sublevación popular que comenzó tal día como hoy, 1 de abril, de hace doscientos cincuenta y cinco años. ¿Y saben como comenzó? Pues sencillamente con unos pasquines que aparecieron pegados por las calles y en los que se obligaba al intendente corregidor a bajar el precio del pan en el plazo de ocho días bajo la amenaza de quemar su casa, así como la de los «usureros». Y este caldo de cultivo, estalló cundo los alguaciles intentaban trasmitir las órdenes del marqués de Castelar, gobernador de la ciudad, estalló con una manifestación que se formó en la parroquia de la Magdalena y que recorría la ciudad pidiendo precios baratos para el trigo y la creación de puestos públicos de venta de trigo para los pobres. Pero, como las cosas no parecían tener remedio, todo ese gentío comenzó a quemar y a asaltar las casas de comerciantes, acaparadores y especuladores… Al final de todo, el ejército se impuso y las autoridades reprimieron el motín de manera enérgica y muy cruenta, tan cruenta que hasta Carlos III determinó que se acabara con las penas de muerte que en un mes habían padecido 27 ciudadanos.
Durante la primera mitad del siglo VII vivió un obispo de Zaragoza que se ha convertido en una de las figuras más notables de la España visigoda. San Braulio de Zaragoza fue obispo y escritor, uno de los intelectuales más destacados de la España visigoda. Acudió a los concilios V (636) y VI (638) de Toledo, en los que contribuyó a sentar las bases de la monarquía española y fue autor de un importante epistolario en el que tenemos cartas a reyes y papas, sin olvidar la permanente correspondencia con san Isidoro de Sevilla al que anima a concluir sus Etimologias. Podemos recordar que se conservan 44 cartas, que ofrecen amplia noticia de la cultura de su tiempo y muestran su relación con el papa Honorio I y con los reyes visigodos Chindasvinto y Recesvinto. Debió de morir en el año 651, después de construir la basilica de Zaragoza, siendo sucedido en la diócesis episcopal de dicha ciudad por el obispo Tajón. Como último recuerdo podemos decir que escribió una Vida de San Millán de la Cogolla y un hermoso himno en loor del mismo santo, que está considerado como uno de los mejores poemas del periodo visigodo.
En este mes de marzo hay algunas efemérides que nos recuerdan a los hijos de San José de Calasanz, ese gran santo aragonés y el recordado fundador de la primera escuela para niños pobres. Y de uno de esos escolapios voy a hablar ahora, recordando que había nacido en el pueblecito turolense de Olalla el 16 de marzo de 1882. Era el padre José Beltrán, un notable historiador y emotivo poeta modernista que llegó al colegio de Jaca y allí puso en marcha una empresa pionera en este país, una empresa que luego se han apuntado muchos pero que sólo él fue capaz de diseñar. Este escolapio fundó en 1912 “La Aurora del Pirineo” que fue la primera revista escolar española escrita por los jóvenes y para los jóvenes, Y era el año 1912, con lo cual queda dicho todo y puesto sobre el papel el importante significado de este escolapio que tiene en su haber importantes publicaciones algunas de las cuales dedicó a la ciudad de Daroca, en cuyo colegio vivió y en la que publicó la historia de esa ciudad en 1954.
Hoy, 21 de marzo del año 2011, el Museo Diocesano de Zaragoza ha abierto sus puertas y ello me llena de satisfacción pues lo hace con un proyecto museístico que he redactado a raíz de la petición que me hizo el recordado ecónomo y canónigo don Luis María Sánchez, con un montaje realizado por el equipo de Boris Micka, buen amigo y Medalla de Oro de la Expo de Sanghai, sobre un edificio magnificamente restaurado y recuperado por Sonsoles y Javier Borobio. En este momento, comienza mi andadura como Director científico de este hermoso proyecto en el que llevaba trabajando desde el año 1992. Por fín, un sueño se ha hecho realidad. Con él contribuimos a poner en las manos de los visitantes el mensaje de la Iglesia, ese encuentro del Evangelio con la sociedad que es creador de Cultura.