Archivo para el mes de marzo de 2010

Joaquín Costa, los perfiles de un mito…

31 de marzo de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

El pasado sábado, 27 de marzo, me publicó el diario ABC –en el suplemento “Artes y Letras”– un extenso artículo de dos páginas dedicado a la memoria de Joaquín Costa, titulado “Los perfiles de un mito”.

Por ello, copio el texto íntegro así como unos enlaces (1, 2, 3, 4 y 5) para descargar las cinco páginas originales en pdf del especial a la figura de este personaje que ha protagonizado la mayoría de los análisis sobre la modernidad de la realidad española:

JOAQUIN COSTA, LOS PERFILES DE UN MITO

Aunque no haya sido mucha su influencia real en la vida diaria de la España del siglo XX, hay que reconocer que la figura de Joaquín Costa ha protagonizado la mayoría de los análisis sobre la modernidad de la realidad española. Una permanente presencia, del que pronto fue conocido como “El león de Graus”, gestionada desde diferentes enfoques que, al final, han contribuido a convertirlo en una referencia para todos los que querían hablar del problema del campo español, de la necesidad de la educación, o para aquellos que se adentran en la complicada discusión sobre la gestión del agua.

El mito Costa se ha ido construyendo en cada uno de los cuatro grandes modos de enfocar su recuerdo. Primero, en la cercanía de su muerte, desde la visión de su amigo, el grausino Marcelino Gambón, que recupera sus perfiles de hombre empeñado en diseñar el futuro. Un acercamiento entrañable y casi de cronista, acaecido en 1911, que deja paso a la biografía de Luis Antón de Olmet (1917) cuando titula una nueva revisión de la obra del jurista altoaragonés desde la rotundidad del epígrafe “Los grandes españoles. Costa”, con el que lo entiende convertido en un personaje de dimensión nacional. Un personaje al que no se le hace caso, tal y como lo presenta M. Ciges que plantea la visión de “Joaquín Costa, el gran fracasado”. Ya sólo quedaba ensayar la cuarta revisión de lo que había sido el mito altoaragonés, cosa que hace George J. G. Cheyne cuando escribe (1972) su obra sobre de “Joaquín Costa, el gran desconocido”, título del libro que publicó en 1972.

Al final de todo, recuperemos el Costa familiar, el Costa español, el Costa fracasado o el Costa olvidado, lo que hay que preguntarse es sencillamente lo que decía Luis de Zulueta, en el prólogo de la antología de sus obras, cuando se pensaba en voz alta: “He aquí una duda que ha de parecer trágica a todo español. ¿Es España un gran pueblo que no encontró a su hombre, es Costa el gran hombre que no encontró a su pueblo?”. Una incógnita que salpica la leyenda de este español que sufrió el fin de la España universal y que vivió con intensidad su tierra, pues hay que reconocer como señaló (1978) Eloy Fernández Clemente, uno de sus grandes estudiosos, que –a pesar de todo y de todos- “su liderazgo cultural, político, social y moral ante los aragoneses es quizá el mayor que este país ha conocido y aceptado”.

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Réquiem de Mozart para homenajear a Rafael Lozano

29 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“La muerte es el comienzo de la inmortalidad” (Maximilien Robespierre)

En la mañana de ayer, en ese majestuoso espacio que es la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, asistí al concierto que ofrecía el coro y orquesta de la Catedral de San Vito de Praga con un programa muy especial que incluía, además de la anunciada composición de Wolfgang Amadeus Mozart que es su extraordinario Réquiem en Re m –del que voy a hablar extensamente en este artículo–, la Misa en Re m, Hob XXII: 11 “in Angustiis” (Misa de Lord Nelson), del también compositor austriaco Franz Joseph Haydn.

Pero, previo al inicio de dicha representación musical, el presentador del evento anunció el fallecimiento del violinista zaragozano Rafael Lozano, que nos conmocionó sensiblemente a los asistentes, y, con gran criterio, indicó que el programa bien podría servirle como homenaje. Y, es necesario recordarlo, Ludwig van Beethoven, así como el compositor polaco Frédéric Chopin, fueron enterrados bajo las notas de la obra escrita por Mozart; al igual que el Emperador y militar francés Napoleón Bonaparte.

Por ello, hoy quisiera dedicar unos párrafos a la Misa de Réquiem en re menor, K. 626, basada en los textos latinos para el acto litúrgico católico ofrecido en las defunciones, tratándose de la decimonovena y última misa escrita por W.A. Mozart, quien falleció antes de terminarla, en 1791.

En junio de aquel año, días antes de que el compositor ofreciera en Viena uno de sus últimos conciertos públicos (Concierto para piano nº 27 – KV 595), se presentó en su casa un desconocido, vestido de gris, que rehusó identificarse y que le encargó la composición de un réquiem, dándole un adelanto y quedando en que regresaría en un mes. Pero Mozart fue llamado desde Praga para escribir la ópera La clemenza di Tito, para festejar la coronación de Leopoldo II.

Así, cuando subía con su esposa al carruaje que los llevaría a esa ciudad, el desconocido se presentó otra vez, preguntando por su encargo, lo que le sobrecogió sobremanera. Más tarde se supo que aquel sombrío personaje, llamado Franz Anton Leitgeb, era un enviado del conde Franz von Walsegg, cuya esposa había fallecido, motivo por el que deseaba que Mozart compusiese la misa de réquiem para los funerales de su mujer, pero quería hacer creer a los demás que la obra era suya y por eso permanecía en el anonimato.

No obstante, Mozart, obsesionado con la idea de la muerte, desde la de su padre, debilitado por la fatiga y la enfermedad, muy sensible a lo sobrenatural por su vinculación con la francmasonería e impresionado por el aspecto del enviado, terminó por creer que el desconocido era un mensajero del Destino y que el réquiem que iba a componer sería para su propio funeral, pero tan sólo consiguió terminar tres secciones con el coro y órgano completo: Introitus, Kyrie y Dies Irae. Del resto de la secuencia, sólo dejó las partes instrumentales, el coro, voces solistas y el cifrado del bajo y órgano incompletos, además de indicaciones (para completar la composición) instrumentales y corales en el Domine Jesu y Agnus Dei. No había dejado nada escrito para el Sanctus ni el Communio.

El estreno de la obra íntegra, aunque se tocaron extractos del Réquiem en una misa en memoria de Mozart celebrada el 10 de diciembre de 1791, se produjo en Viena –el 2 de enero de 1793– en un concierto en beneficio de su viuda, Constanze Weber. Fue interpretado, de nuevo, el 14 de diciembre de 1793, durante la misa que conmemoraba la muerte de la esposa del conde Walsegg, y bajo la dirección del propio conde.

Descanse en Paz don Rafael Lozano…


La mascletà valenciana en el centro de la capital aragonesa

27 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

Hoy, como todos los años por estas fechas, la Casa de Valencia en Zaragoza celebra –con retraso– sus fiestas de San José en la ciudad del Ebro a base del espectacular ruido de los petardos al ritmo de la música que tan bien interpreta la banda que actúa a tal fin.

Así, a las 14 horas, en la céntrica plaza de Albert Schweitzer (o de los Agustinos…), se ha realizado la famosa mascletà, que no es otra cosa que un disparo pirotécnico que conforma una composición muy ruidosa y rítmica mediante petardos ligados a través de una mecha que genera una línea o traca.

Y, recordando un poco la historia de esta tradición, la mascletà se disparaba, inicialmente, en la plaza del Ayuntamiento de Valencia el día de San José, como culminación de las fiestas falleras pero, posteriormente, se fue ampliando en número hasta llegar a las 19 actuales (entre 1 y 19 de marzo). Una práctica que ha experimentado una continua evolución, especialmente en la técnica, ya que se ha pasado de una ejecución tradicional (sólo se utiliza mecha y la actuación de los pirotécnicos) a una electrónica (la ignición la provoca un sistema electrónico, permitiendo una mayor exactitud y seguridad), y en la cantidad de pólvora ya que, actualmente, el límite de pólvora –por motivos de seguridad– está establecido en 120 kilos por mascletà.

Pero no queda ahí este día festivo de los valencianos en nuestra tierra pues, por la tarde, realizarán una ofrenda de flores a la Virgen del Pilar (17.30 horas) y, para finalizar, se clausurará la jornada con una cremà, a las 21.30 horas, que también tendrá lugar en la propia plaza de Albert Schweitzer, y que consiste en la quema del monumento fallero, que podéis ver en la foto (clica aquí para ver más en mi álbum de Facebook) y el vídeo –de la mascletà de hoy– que he incluido en este artículo, que han elaborado para tal fin.

Nos vemos en la cremà…


Alfonso II, el primer rey de la Corona de Aragón

25 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“Historia magistra vitae et testis temporum” (Marcus Tullius Cicero)

Alfonso II nació en Huesca, hace hoy 853 años, porque las reinas aragonesas se trasladaban a tal población para alumbrar su primogénito, tradición que se rompió definitivamente en 1208, al nacer Jaime I el Conquistador. Desde inicios del siglo XIV, se acostumbra a denominarlo como ‘el Casto’, a pesar de que su propia producción poética testimonia lo contrario, pero de esta manera se le diferenciaba de los otros monarcas del mismo nombre.

El que fuera primer rey de la Corona de Aragón, ya que en él se unieron el reino de Aragón, que le transmitió su madre Petronila, y los condados catalanes –que estaban unidos al de Barcelona–, que heredó de su padre Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, tiene una historia muy particular. Su nombre de nacimiento fue Ramón pero, a causa de la inmoralidad de su padre, siendo ya entonces príncipe de Aragón, quien intentó apoderarse de la Corona de Aragón a través de un tratado con el rey de Castilla, su madre decidió eliminar el nombre de Ramón en favor de Alfonso, en honor a Alfonso I el Batallador, hermano de su abuelo.

Así, Alfonso II tenía poco más de cinco años cuando sucedió a su padre, que en su testamento oral había dispuesto que fuese tutor Enrique II de Inglaterra, pero ésta planteó problemas, pues Fernando II de León se atribuyó tal tutela. Una cuestión que se resolvió mediante la transmisión del reino y la potestad hecha por la reina Petronila el 18 de junio de 1164, y la anterior constitución de una especie de consejo de regencia, donde alternaron algunos obispos, nobles y posiblemente representantes de las ciudades, que ya tenían conciencia de su propia personalidad. Precisamente, con este motivo, se reunían en Zaragoza el día 11 de noviembre de 1164 las primeras Cortes documentadas, donde el rey establecía paces y treguas con el consejo del arzobispo de Tarragona y demás obispos de la ‘Corona’, con el de ‘los barones de mi reino’ y con el de los representantes de las ciudades de Zaragoza, Daroca, Calatayud, Jaca y Huesca. La burguesía, de esta manera, entraba por vez primera en la institución que conocemos con el nombre de Cortes.

El rey, a quien hoy homenajeamos por su nacimiento, contribuyó poderosamente a la formación territorial de Aragón, ocupando y repoblando las tierras de Valderrobres, Gandesa, Orta de San Juan y Ulldecona (Tarragona), que unió a Aragón, poniendo sus límites en el Mediterráneo. Ante el avance y asentamiento de los almohades en Valencia, fortificó primero Teruel (1169), que repobló dos años más tarde. De la misma forma, estableció la orden militar de Alfambra (1174), así como las encomiendas de Castellote (1180), Aliaga, Cantavieja y Villel. Dio el fuero de Teruel, uno de los más importantes de la historia jurídica española, y colaboró en la conquista de Cuenca (1177), logrando que se suprimiese la obligación que tenían los reyes aragoneses de mantener una espada desnuda en la coronación de los reyes de Castilla. Asimismo, incorporó a la Corona, tras fuertes luchas, el marquesado de Provenza (1166), y fue aceptado como soberano por varios señores del norte de los Pirineos, como los de Foix, Bigorre y Razés, entre otros.

También estableció relaciones con los reyes de Inglaterra, iniciando una norma que sería constante a lo largo de la Edad Media, así como con el reino de Portugal que, curiosamente, también conmemora hoy a ‘su’ Alfonso II, hijo de Dulce de Aragón y Barcelona (infanta de Aragón), quien falleciera en Coimbra el 25 de marzo de 1223. A partir de entonces, se formó el grupo Aragón-Portugal-lnglaterra, que se opuso generalmente al de Castilla-Francia-Escocia. Al final de su intensa vida, se preocupó por las disensiones habidas entre los reyes cristianos, instigado por el papa Celestino III.


Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País

15 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

Vía GEA | El apoyo definitivo que Pedro Rodríguez de Campomanes prestó a la fundación de la Real Sociedad Matritense en 1775, a la vista de los excelentes resultados obtenidos por la Bascongada desde su aparición en 1765, fue el resorte que puso en marcha la creación en España de numerosas Sociedades Económicas, cuyos objetivos y organización fueron plasmados para ejemplo en los Estatutos de la Matritense. La incorporación de Aragón a las corrientes de renovación de las técnicas y las ciencias que se sustentaban en la Enciclopedia, iba a institucionalizarse en Zaragoza a través de una Sociedad Económica –reunida con carácter preparatorio– a partir del 3 de marzo de 1776, en los salones del Ayuntamiento zaragozano, en cuya secretaría se había recibido –a finales de 1775– una carta del Consejo de Castilla exhortando a la creación de la misma.

Así, las personas encargadas de promover –tal día como hoy– la fundación de la Sociedad, mediante visitas a los ciudadanos prominentes, fueron el corregidor Diego Navarro y Gómez, los condes de Sástago, Sobradiel, Argillo y Torresecas, el marqués de Ayerbe, el deán de la ciudad Silvestre Lario, los canónigos Ramón de Pignatelli, Carlos González y Juan Antonio Hernández y Pérez de Larrea, y, por último, el regidor decano del Ayuntamiento, Miguel Franco de Villalba. En otras palabras, la corporación municipal, con los principales nobles afincados en la ciudad como miembros destacados de la misma y altas personalidades del Cabildo metropolitano, dieron los primeros pasos.

Al constituirse la Junta preparatoria, se observaron ya cambios interesantes en esta composición. El conde de Sástago ocupaba la plaza de director, Ramón de Pignatelli la de censor, Carlos González la de secretario, Ramón Amat la de contador, Juan Martín de Goicoechea (fundador de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis) la de tesorero, el marqués de Ayerbe la de vicedirector, Manuel Turmo la de vicecensor, Tomás Fermín de Lezaún la de vicesecretario y Antonio Florencia la de vicecontador.

En un primer lugar, el Ayuntamiento fue orillado, pues tanto el corregidor como el regidor decano desaparecieron de la escena. La nobleza, como grupo social dominante, se reservaba los cargos de dirección y la censura principal; el clero alto se quedó con la secretaría; y los comerciantes adinerados aparecían ocupando las contadurías y la tesorería única, en tanto que las clases medias ocupaban la vicecensura. Pero, sin duda, la figura más destacada dentro de este grupo era Ramón de Pignatelli, ilustrado español conocido –entre otras facetas– por su proyecto de desarrollo del Canal Imperial de Aragón, dada su experiencia en temas económicos. De hecho, fue el autor del discurso pronunciado ante sus consocios el día 22 de marzo de 1776, que puede considerarse el programa sobre el que giraron las primeras actividades de la Sociedad.

NOTA: La imagen del artículo corresponde a la “Alegoría de las Bellas Artes exaltando a la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País” (1785) de Fray Manuel Bayeu y Subías.


Pedro IV, fundador de la Universidad de Huesca en 1354

12 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“La Universidad saca a la luz todas las capacidades, incluida la incapacidad” (Antón Pávlovich Chéjov)

Hace exactamente una semana, recordaba en este espacio a Pedro Cerbuna Negro, quien fuera fundador de una Universidad de Zaragoza que, si instituida por privilegio de Carlos I el 10 de septiembre de 1542, no llegó a ser una realidad hasta el 24 de mayo de 1583. Y hoy, en el día que se cumplen 656 años de su creación, es necesario recordar a la Universidad de Huesca, suprimida en el siglo XIX, que data del 12 de marzo de 1354, aunque no recibió la confirmación pontificia y la reglamentación académica correspondiente hasta el siglo XV.

Dicha constitución fue declarada –en Alcañiz– por el rey Pedro IV ‘el Ceremonioso’ de Aragón, pese a subsistir la prohibición dictada por Jaime II ‘el Justo’ –al crear el Estudio de Lérida que otorgaba exclusividad a esa ciudad– de fundar nuevas Universidades en la Corona de Aragón. Y, a pesar que Huesca –en tiempo de Sertorio (122 a.C. – 72 a.C.)– dispuso de una Academia de Latinidad, en el documento fundacional de Pedro IV no se alude a la tradición de los clásicos estudios latinos de la ciudad. No obstante, con el tiempo, la Universidad oscense recordaría en su nombre aquel precedente, titulándose «Universidad Sertoriana». En cambio, dicho documento sí insistió en dotarla de los mismos privilegios que disfrutaban las Universidades de Toulouse, Montpellier y Lérida.

Los estudios de Teología fueron los preeminentes en la Universidad oscense, y el mecenazgo y gobierno pertenecían a los jurados de la ciudad, que pagaban los salarios de los profesores contratados. Así, para ello, la ciudad impuso un descuento especial de un óbolo en libra de carne que se vendía en Huesca. Pero los estudios decayeron pronto y fue preciso llegar al año 1450 para encontrar un nuevo impulso, dado por Juan II ‘el Grande’ de Aragón y avalado por bula de Paulo II en 1465, que recogían las concesiones primitivas decretadas por Pedro IV de Aragón. Un impulso del renacimiento universitario oscense en el que el Rey, el Concejo de la ciudad y el obispo Antonio de Espés fueron sus principales mecenas.

Pronto, Huesca suscitó oposición fuerte por parte de la Universidad de Lérida y ambas se negaron al reconocimiento de sus respectivos títulos y grados. En tanto, y a lo largo del siglo XVI, se instalaron sus enseñanzas en una parte del viejo Palacio Real, cedido por Felipe III ‘el Piadoso’; una época en la que se sucedieron rectores con inusitada frecuencia, mostrando inestabilidad del gobierno universitario que pasó apuros económicos, obligando a la supresión de festejos tradicionales para aplicar los fondos a reparaciones imprescindibles de sus instalaciones y adquisición de libros. En 1537 se dictaron nuevos estatutos –redactados en latín–, se reglamentó el reparto de los derechos obvencionales por expedición de títulos entre el Rector y el área de la Universidad, y se estableció un consejo general integrado por todos los doctores que residían en la ciudad de Huesca.

Pero, sin duda, un año importante para la Universidad de Huesca fue el de 1585, tras una visita promovida por el rey Felipe II ‘el Prudente’, pues se reformó la provisión de las cátedras, estableciendo el sistema de concursos con una lección pública desarrollada ante bachilleres y estudiantes que, al menos, llevaran tres años cursados.

La Guerra de Sucesión (1701–1713) tuvo repercusiones en la Universidad oscense, y se conoció la nómina de rectores del siglo XVIII. En esos tiempos, y hacia 1723, se instauró una nueva reforma y, en medio de algunos años de decadencia, se aceptaron reformas introducidas por Carlos III; pero, ya en el siglo XIX, con motivo de las novedades educacionales, la Universidad Sertoriana fue clausurada en 1845. Desde 1850, se pensó en crear un museo aprovechando los fondos universitarios, en cuyo proyecto destacó la iniciativa del pintor y erudito Valentín Carderera, que donó gran parte de su colección privada y, en junio de 1873, se inauguraba oficialmente. Más tarde, en 1968, el Museo Provincial de Huesca pasó a ocupar las dependencias de la antigua Universidad y, en 1993, se emprendió una nueva reforma del museo, que fue renovado en profundidad y reinaugurado en 1999.