Archivo para el mes de julio de 2010

La condesa doña Sancha de Aragón

29 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Sancha, una de las tres hijas de Ramiro I de Aragón, fue un ejemplo claro de lo que significaba un matrimonio de conveniencia con un hombre maduro, al que su padre debía captar para separarlo de la amenaza que constituían los condes del oriente aragonés unidos contra Ramiro. La boda se celebró, en este caso, con el conde Armengol III de Urgell, que casó con ella en cuartas nupcias cuando la aragonesa tenía dieciocho años de edad. Poco después, cuando esta tenía veinte años, quedó viuda y se dedicó en adelante a colaborar con su hermano, el rey Sancho Ramírez, en la construcción del nuevo y poderoso reino aragonés. En concreto, fue una mujer que ayudó a que la política reformista del Papa Gregorio VII se hiciera realidad en Aragón, razón por la cual los papas hablan de ella con afecto en sus cartas a los monarcas pirenaicos. Acabó controlando el núcleo monástico de Santa Cruz de la Serós, donde estaban sus hermanas llamadas Teresa y Urraca, si hacemos caso del testamento de Ramiro I. Al final de una intensa vida, después de hacer de madre para los hijos de Sancho Ramírez que se quedó viudo dos veces, después de educar a los futuros reyes Pedro I y Alfonso el Batallador, la condesa murió en torno al año 1097 y sus sobrinos, monarcas de un Aragón engrandecido gracias a su gestión política, decidieron levantarle un monumento funerario en el que quedara clara la importancia que tuvo esta mujer como símbolo de la nueva monarquía. Y ese monumento es el sepulcro que custodian, desde el siglo XVI, las Benedictinas de Jaca. Y ahora, como curiosidad, vamos a compartir la imagen que allí nos dejó un maestro escultor del Aragón de las primeras décadas del siglo XII. Con todos vosotros la condesa doña Sancha de Aragón, una mujer poderosa y tierna, cruel y fría, que sólo hizo –según decía ella misma- lo que su hermano le mandó.


La mano cortada, en san Adrián de Sasabe

27 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Aprovechando que hoy 27 de julio se recuerda en el santoral la memoria de santa Natalia, he recuperado una historia legendaria –entiendo que sin ningún fundamento- que circula por el mundo de los peregrinos jacobeos y que habla de la historia de santa Natalia y de su esposo el centurión romano, de la milicia imperial, que fue hecho prisionero por haber liberado a un grupo de 33 cautivos cristianos que lo convirtieron. Cuando trajeron a su esposa, para que él confesara dónde estaban escondidos los prisioneros cristianos, ésta le invitó a seguir dando testimonio de su cristianismo como ella. Y entonces los soldados le cortaron las manos y murió desangrado. La casi novelada relación de esta leyenda cuenta que la esposa, con una mano que logró esconder en su manto, huyó en un barco que se salvó de una terrible tormenta, cuando la mano de Adrián tomó el timón y llevó a los fugitivos a un sitio seguro. Por supuesto, salvados todos, la esposa restituyó la mano junto al cuerpo enterrado y murió abrazada a él.

Esta es una historieta que cuentan en el camino y que explican que es la causa de que en la iglesia de san Adrián de Sasabe, haya dos motivos escultóricos en el ábside que quieran relacionarlos con este relato. El primero es una carita sonriente de ojos almendrados, que para García Omedes sería por el contrario recuerdo del abad Sancho de Larrosa, que cuando fue pendolista en la catedral de Huesca firmaba con una carita sonriente. Y, junto a esa carita, la cruz sostenida por una mano izquierda. Dos ménsulas curiosas pero que seguro que responden a otras claves que a las de la leyenda peregrina. Además otra carita de estas dulces y de ojos almendrados también hay en Loarre. En todo caso, con fotos de mi amigo García Omedes ustedes pueen disfrutar un rato y pensar lo que les de la gana, que eso es lo bueno de estas cosas. Máxime que hoy es santa Natalia, una santa que sabemos murió martirizada en Córdoba, allá por el año 852 de nuestra Era, gobernando el emir omeya Abd al-Rahman II.


Fotografías para Iglesia de Santiago

25 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Hoy, festividad del Patrón de España, en la iglesia zaragozana de Santiago la misa ha tenido una solemnidad mayor, pues allí estaban acompañando con sus sones y su colorido los hombres y mujeres del Centro Gallego de Zaragoza, que han querido celebrar -una vez más- su festividad en un espacio dedicado al santo apóstol compostelano, motor de Europa y cuyo camino construyó civilizaciones y reinos. Y al final de esa misa, celebrada por el Vicario General del arzobispado don Julián Ruiz, hemos asistido a un acto entrañable en el que el párroco ha presentado la publicación que se ha hecho sobre “La iglesia de Santiago”, construida sobre el trabajo de casi una veintena de fotografos que dirigidos por José Antonio Duce han captado las mil secuencias del ayer perdidas en el espacio infinito de un templo barroco de la categoría de este que nos ocupa.

Y en ese libro, junto al responsable de la cofradia y a mosen Pascual Martínez, he tenido el honor de colaborar -invitado por el párroco mosen José Antonio Usán- escribiendo un epílogo en el que me planteo algo que cada vez me preocupa más: no hay que quedarse sólo en el describir, hay que pasar al comprender y al sentir, a recuperar las razones por las que nuestros antepasados hicieron estas iglesias de esta manera y no de otra. He intentado cumplir lo que decía la escritura de la misa de la fiesta del apóstol: “creí y hablé”, he intentado plantearme un recorrido emocional por este espacio sacro que va desde esa puerta, frontera con el cielo como dice el Génesis, hasta el mismo altar que es centro del misterio, el punto de conexión con el cielo. Los caminos que nos llevan desde el mundo (desde esa calle en la que vivimos diariamente) hasta el santuario (el ábside que centra nuestras miradas) van trazando naves que recuerdan la nave del diluvio que navega en el infortunio, siempre salvada por ser la Palabra de Dios. La Cúpula nos llama a caminar hacia el altar, a través de esa luz que inunda el espacio, de esa luz que nos recuerda a los Salmos cuando nos dicen “Él nos ilumina”. En el lado del Evangelio, en la nave que encontramos entrando a la derecha, los constructores de este antiguo templo de san Ildefonso nos proponen un itinerario de Conversión que parte del agua del baptisterio y que camina hacia el altar. Y la nave del Evangelio nos habla de María, nos invita a desandar el camino pero seguros de que lo hacemos en la confianza de María de Nazaret, que nos acompaña hacia el mundo de todos los días… Y siempre, peregrinando como es propio del pueblo de Dios, andando este espacio de encuentro con Dios, andando en un tiempo sagrado que nos mejora y nos reconstruye como seres humanos capaces de amar, de comprender, de perdonar, de ayudar… de vivir con el Evangelio.


San Adrián de Sasabe, el recuerdo episcopal

24 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Cuando uno quiere irse a los inicios de la historia del condado aragonés, necesariamente tendrá que acercarse a la iglesia de San Adrián de Sasabe o de Sasau, que nos recuerda el lugar de un antiguo monasterio en el que residieron los primeros obispos aragoneses allá por el siglo X. Y al llegar a ese hermoso valle lo primero que nos cautivará el alma es una pequeña iglesia, comenzada hacia el año 1050 y que debió de concluirse unos cincuenta años después, pues asistió a su consagración nada menos que el rey Pedro I de Aragón. La nave rectangular, el ábside semicircular, los arquillos lombardos del exterior nos permiten apreciar su identidad románica, a caballo entre las influencias del mundo lombardo y la omnipresencia del arte jaqués… Pero, a la belleza de todo lo que vemos, se irá imponiendo su valor de símbolo y de referencia para los inicios del episcopado aragonés.

La historia es muy sencilla, el rey pamplonés Sancho Garcés I, conquista el condado de Aragón a principios del siglo X y decide que la hija del conde y su hijo se casen, para originar una única dinastía que gobierne los dos territorios. Y consumada esta operación, se encuentra con que tiene que nombrar un nuevo obispo puesto que su viejo amigo Basilio no ha resistido el duro invierno de las Cinco Villas y se le ha muerto en plena anexión del condado aragonés. El nuevo, un monje cuarentón llamado Galindo, le propone acometer también una nueva ordenación pastoral de sus dominios que acaban de ampliarse y además le propone que cree más obispos que bajo su control atiendan la implantación del Evangelio. Y el año 922, uno de esos nuevos obispos es Ferriolo que recibe el mandato de atender espiritualmente las tierras aragonesas. El problema era donde lo ubicaban. Y para esa cuestión decidieron utilizar un monasterio de prestigio, fundado por los condes aragoneses en la segunda mitad del siglo IX y quizás el monasterio en el que vivía el propio Ferriolo. Por eso, en San Andrés de Sasabe aparece un obispo que atiende las tierras aragonesas en el siglo X y dicen los documentos que allí “descansan tres obispos”.


Aniversario del fallecimiento del pintor Mariano Barbasán

23 de julio de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega” (Leonardo da Vinci)

Ayer se cumplió el 86º aniversario del fallecimiento (Zaragoza, 1924) del ilustre pintor aragonés Mariano Barbasán Lagueruela, quien, nacido en la capital maña en 1864, se formó en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde se matriculó en 1880, manteniendo una estrecha relación con sus condiscípulos Joaquín Sorolla y Salvador Abril. En 1887, a la edad de 23 años, se trasladó a Madrid y realizó sus primeras obras, pequeños cuadros de género teatral e histórico ambientados en Toledo. Ese mismo año participó en la Exposición Nacional con el cuadro titulado ‘Noche de Walpurgis de Fausto’ y, gracias a la obra ‘José explicando el sueño del copero en el palacio del Faraón’, en 1899 obtuvo una pensión de la Diputación de Zaragoza para completar su formación pictórica en la Academia Española de Roma, decidiendo establecerse permanentemente en Italia, por lo que abrió un estudio en Roma, pero trabajando durante largas temporadas anuales en lugares de la campiña romana, como Subiaco y Anticoli Corrado.

Aunque pintó inicialmente alguna obra de carácter histórico (‘Pedro III en el collado de las Panizas’), enviada a la Diputación de Zaragoza en 1891, cultivó sobre todo la pintura paisajista y escenas de la vida rural, que adquirió una temprana difusión en Europa merced a la intervención de marchantes ingleses y alemanes, así como por sus repetidas exposiciones en Berlín, Munich, Viena y en Montevideo, donde se trasladó en 1912 para realizar dos exposiciones individuales en el Círculo de Bellas Artes. Sin embargo, su obra fue poco conocida en España, ya que salvo una temprana participación en la Exposición Nacional de 1887, no volvió a exponer hasta su regreso definitivo a Zaragoza, donde celebró en 1923, dos años después de su regreso, una muestra antológica –muy elogiada– en el Centro Mercantil, y otra, póstuma, en 1925 en el Museo de Arte Moderno de Madrid, seguidas, en años sucesivos, de otras retrospectivas, organizadas por su hijo Mariano Barbasán Lucaferri, que contribuyó a consagrar definitivamente a su padre como una figura clave de la pintura aragonesa de finales del XIX y principios del XX.

Quebrantada su salud, regresó de Roma a Zaragoza en 1921, contando con la edad de 57 años, siendo recibido elogiosamente y ocupando un puesto en la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, vacante por la muerte del pintor Francisco Pradilla y Ortiz. Aparte de las obligadas obras de pintura de historia como pensionado, cultivó exclusivamente el género costumbrista inspirado en el natural de los pueblos italianos, recogiendo en bucólicas composiciones los aspectos más pintorescos del paisaje y de la vida cotidiana, no exentos, a veces, de humor. Su estilo destaca por un esplendoroso colorido y sensitiva luminosidad, logrados mediante una técnica de pincelada abreviada y de pequeños toques de color, derivada del estilo de Fortuny y de los macchiaioli (en italiano manchistas o manchadores) y preimpresionistas italianos.

Bibliografía GEA: Pantorba, Bernardino de: Mariano Barbasán; Madrid, 1939 (ed., Mariano Barbasán Lucaferri). Pantorba, Bernardino de: Mariano Barbasán. Edición crítica de Manuel García Guatas. Zaragoza, CAZAR, 1984.


La verdadera historia de Roncesvalles

20 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Si se acude a la página oficial de este importantísimo centro de la peregrinación jacobea, nada se dice de su vinculación con el enclave aragonés de Santa Cristina de Somport. Se cuenta que hubo un hospital dependiente de Leyre, que si tal, que si cual… Pero no se cuenta la verdadera historia del origen de este enclave que es muy sencilla de entender, máxime cuando se funda en unos años en los que el rey de Aragón es también rey de Pamplona y, por tanto, los intereses de los dos territorios responden al único interés del estado de los Ramírez, la familia real. Por eso, he escrito en alguna ocasión siguiendo las investigaciones de nuestros grandes maestros del medievalismo -los profesores Lacarra, Ubieto y el archivero Durán-, que los monjes de santa Cristina fundaron una delegación suya en el paso de Roncesvalles. La Bula papal de Eugenio III, en 1151, y la Bula de Inocencio III, en 1216, nos explican con detalle que dependía del priorato de Somport “la iglesia de Roncesvalles con hospital”. Una dependencia que se fundó en tiempos del activo Sancho de Larrosa, un obispo de Pamplona que había nacido en el valle del río Aragón y había estado vinculado al Hospital de Somport en su juventud. Además, en el momento de la fundación –entre los años 1127 y 1132- Aragón y Navarra están unidos bajo el gobierno de la dinastía de Ramiro I, en concreto por Alfonso I el Batallador, por lo que no tiene nada de raro que Roncesvalles fuera fundado dentro de los planes expansionistas y financieros de los monjes aragoneses de Santa Cristina de Somport. Un centro religioso y asistencial del que habían salido algunos obispos pamploneses, como Guillermo de Lafita que fue el primer prior de Santa Cristina. Curioso.