“…la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes” (Miguel de Unamuno)
En pleno
Pirineo aragonés, al pie de una enorme roca cortada a pico en la sierra de San Juan situada en las cercanías de la ciudad de
Jaca, a sólo veintisiete kilómetros de distancia y en los verdes paisajes del
valle de Atarés, se encuentra ubicado
el antiguo cenobio mozárabe que ha terminado convirtiéndose en el símbolo del Reino de Aragón, el monasterio benedictino más próspero del Aragón del siglo XI, un
centro del poder religioso y político en el que fueron sepultados grandes reyes aragoneses y navarros como
Sancho el Mayor,
Ramiro I o
Alfonso I, y convertido en lugar de peregrinaje en la vía francesa del
Camino de Santiago.
Un conjunto histórico-artístico que, más allá de la crisis económica de finales del siglo XVI,
inició su cuenta atrás a finales del XVIII, con la
Guerra de la Convención contra los revolucionarios franceses, que supuso la desaparición de parte de la orfebrería pinatense entregada al rey
Carlos IV para emplear su valor monetario en defender a la nación, aunque de manera más trágica resultó el episodio de la
Guerra de la Independencia. En 1809, mientras la invasión napoleónica tomaba Huesca y Zaragoza,
en San Juan de la Peña se estableció un núcleo de resistencia, de la mano de Miguel Sarasa –guerrillero del cercano pueblo de Embun–, que se refugió en el monasterio.

Así,
se produjo un terrible suceso del que hoy se cumplen 201 años, ese momento en el que los franceses, respetando el
monasterio Viejo,
decidieron incendiar el monasterio barroco, además de proceder a fundir abundantes objetos litúrgicos del tesoro pinatense que pudieron robar los soldados de
Napoleón, por lo que el monasterio Nuevo comenzó a vivir épocas de penurias económicas que se acrecentaron cuando
se comenzó a reconstruir en 1815 y se atendió al ornato de la iglesia principal.
Pero la sucesión de trágicos episodios no acabaría aquí ya que, en agosto de 1835,
el gobernador militar y político de Jaca ordenó el desalojo del monasterio, como castigo al apoyo que éste había prestado a los
ejércitos carlistas rebeldes a
Isabel II. Y, poco después, este abandono de los monjes sería definitivo en ese mismo año, cuando
el ministro Mendizábal puso en marcha su famoso proceso de desamortización, que culminaría con la calificación de todos los bienes y edificios del monasterio como propiedad nacional.
Tan sólo se salvaron unos pocos objetos que fueron trasladados a la
catedral de Jaca, como es el caso de
las dos urnas de plata que contenían los restos de san Indalecio y de los santos Voto y Félix. La escasa docena de monjes que habitaban el monasterio en aquel momento, bajo el gobierno de su último abad, fray Pascual Ara, acabaron sus días repartidos entre la catedral de Jaca y las parroquias del entorno. Una situación lamentablemente irreversible, provocada también por la sucesión de otros acontecimientos singulares, como la pérdida de las propiedades seculares, que
provocó el final de la vida monástica en estos parajes de la sierra de San Juan de la Peña.
· Bibliografía: Buesa Conde, Domingo J.: ‘Monasterio de san Juan de la Peña’; León, 2004 (Editorial Everest)