Alfonso II nació en Huesca, hace hoy 853 años, porque las reinas aragonesas se trasladaban a tal población para alumbrar su primogénito, tradición que se rompió definitivamente en 1208, al nacer Jaime I el Conquistador. Desde inicios del siglo XIV, se acostumbra a denominarlo como ‘el Casto’, a pesar de que su propia producción poética testimonia lo contrario, pero de esta manera se le diferenciaba de los otros monarcas del mismo nombre.
El que fuera primer rey de la Corona de Aragón, ya que en él se unieron el reino de Aragón, que le transmitió su madre Petronila, y los condados catalanes –que estaban unidos al de Barcelona–, que heredó de su padre Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, tiene una historia muy particular. Su nombre de nacimiento fue Ramón pero, a causa de la inmoralidad de su padre, siendo ya entonces príncipe de Aragón, quien intentó apoderarse de la Corona de Aragón a través de un tratado con el rey de Castilla, su madre decidió eliminar el nombre de Ramón en favor de Alfonso, en honor a Alfonso I el Batallador, hermano de su abuelo.
Así, Alfonso II tenía poco más de cinco años cuando sucedió a su padre, que en su testamento oral había dispuesto que fuese tutor Enrique II de Inglaterra, pero ésta planteó problemas, pues Fernando II de León se atribuyó tal tutela. Una cuestión que se resolvió mediante la transmisión del reino y la potestad hecha por la reina Petronila el 18 de junio de 1164, y la anterior constitución de una especie de consejo de regencia, donde alternaron algunos obispos, nobles y posiblemente representantes de las ciudades, que ya tenían conciencia de su propia personalidad. Precisamente, con este motivo, se reunían en Zaragoza el día 11 de noviembre de 1164 las primeras Cortes documentadas, donde el rey establecía paces y treguas con el consejo del arzobispo de Tarragona y demás obispos de la ‘Corona’, con el de ‘los barones de mi reino’ y con el de los representantes de las ciudades de Zaragoza, Daroca, Calatayud, Jaca y Huesca. La burguesía, de esta manera, entraba por vez primera en la institución que conocemos con el nombre de Cortes.
El rey, a quien hoy homenajeamos por su nacimiento, contribuyó poderosamente a la formación territorial de Aragón, ocupando y repoblando las tierras de Valderrobres, Gandesa, Orta de San Juan y Ulldecona (Tarragona), que unió a Aragón, poniendo sus límites en el Mediterráneo. Ante el avance y asentamiento de los almohades en Valencia, fortificó primero Teruel (1169), que repobló dos años más tarde. De la misma forma, estableció la orden militar de Alfambra (1174), así como las encomiendas de Castellote (1180), Aliaga, Cantavieja y Villel. Dio el fuero de Teruel, uno de los más importantes de la historia jurídica española, y colaboró en la conquista de Cuenca (1177), logrando que se suprimiese la obligación que tenían los reyes aragoneses de mantener una espada desnuda en la coronación de los reyes de Castilla. Asimismo, incorporó a la Corona, tras fuertes luchas, el marquesado de Provenza (1166), y fue aceptado como soberano por varios señores del norte de los Pirineos, como los de Foix, Bigorre y Razés, entre otros.
También estableció relaciones con los reyes de Inglaterra, iniciando una norma que sería constante a lo largo de la Edad Media, así como con el reino de Portugal que, curiosamente, también conmemora hoy a ‘su’ Alfonso II, hijo de Dulce de Aragón y Barcelona (infanta de Aragón), quien falleciera en Coimbra el 25 de marzo de 1223. A partir de entonces, se formó el grupo Aragón-Portugal-lnglaterra, que se opuso generalmente al de Castilla-Francia-Escocia. Al final de su intensa vida, se preocupó por las disensiones habidas entre los reyes cristianos, instigado por el papa Celestino III.
Vía EPdA | La cuerda entre Aragón y Cataluña se continúa tensando. No ha sentado bien en la comunidad vecina la ranchera satírica, emitida por Oregón Televisión, referente a la polémica sobre la Corona aragonesa. La broma ha sido motivo de tertulia en programas de radio y eleva un grado más las ya de por sí enrarecidas relaciones.
En esta ocasión es un vídeo humorístico el que ha sentado mal en Cataluña. Aunque habitualmente la dirección de los agravios ha venido en dirección contraria. Al conflicto de los bienes hay que sumar la competición por los Juegos Olímpicos de Invierno, el trasvase a cuatro municipios que no pertenecen a la cuenca del Ebro o la polémica en torno a la historia de la Corona de Aragón, cuyo origen algunos políticos de la Generalitat se han intentado apropiar a través de diversas tergiversaciones.
Así, en el vídeo se parodia la letra de una ranchera de Rocío Dúrcal en la que se aprovecha para ironizar sobre las apropiaciones pseudohistóricas que se vierten desde Cataluña. La letra de la discordia dice lo siguiente: “Yo flipo con los catalanes. ¿Pero de qué van? Les jode mucho, les jode el pundonor, ser solamente una provincia del Reino de Oregón”. Aunque el tema musical arranca con la siguiente estrofa: “Yo no he perdido la esperanza de abrir un libro de historia y que cuenten la verdad. Porque es que el Reino de Oregón ahora dicen que no existió, resulta que era catalán. Hay que ver como son, lo montan de cojón, se inventan su versión, punto final”.
El vídeo se convirtió, a las pocas horas de ser emitido, en uno de los más vistos en YouTube. Tanto es así que los dos programas de radio líderes de audiencia en Cataluña, los magacines de Manuel Fuentes, en Catalunya Radio, y Jordi Basté, de RAC-1, debatieron esta semana sobre este asunto. Basté, incluso, afirmó que “si TV3 emite una canción así entrarían los tanques por la Diagonal”.
Es lo que tiene decir mentiras, ‘señor’ Basté… ¡¡VIVA ARAGÓN!!
El pasado martes, incluí en mi blog personal un artículo de El Periódico de Aragón que hablaba sobre la labor que estamos realizando en la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis para su modernización y su accesibilidad a la sociedad por medio de las nuevas tecnologías, así como sobre el acto de Sesión Inaugural de Apertura del Año Académico 2010.
En dicha sesión, tuvimos el honor de contar con la presencia del Excmo. Sr. D. Juan Alberto Belloch Julbe, alcalde del Excmo. Ayuntamiento de la ciudad de Zaragoza, y Excmo. Sr. D. Marcelino Iglesias Ricou, Presidente del Gobierno de Aragón, ambos en la mesa presidencial junto a Excmo. Sr. Doctor D. Domingo J. Buesa Conde, Presidente de la Real Academia, así como otras autoridades aragonesas, y con una ponente de excepción, doña Marisa Azuara Alloza, cuya carrera literaria está avalada por obras como “Justicia”, “El Signo de Salomón” o “Matatoros” y que, a la búsqueda de nuevos registros en el ejercicio de la literatura histórica, se inició en el Ensayo con una personalidad universal: Cristóbal Colón.
Unas investigaciones que llevaron a unas impresionantes conclusiones sobre la identidad del descubridor, reveladas en “Christóval Colón más grande que la leyenda” y en “Christóval Colón la Cruzada Universal”, que demuestran que el navegante genovés había nacido en la Saona de Cerdeña y era nieto del Señor de Sástago, Don Artal de Alagón y Luna, por vía materna, que obligan a revisar en profundidad el papel desempeñado por la Corona de Aragón en el proceso descubridor, la financiación aportada por el también aragonés Luís de Santángel y las difíciles circunstancias históricas que se simultanearon con los primeros viajes al Nuevo Mundo.
Si bien, a través de la página web de la Real Academia, en colaboración con ColorIuris, puede descargarse el discurso íntegro que leyó doña Marisa Azuara el pasado día 1 de febrero, quisiera aportar hoy los siete puntos más relevantes de sus investigaciones, en las que ha contado con la inestimable colaboración de la familia Colón de Carvajal, así como de Miguel Ángel Motis Dolader, Ignacio Javier Bona López, Mario Ascheri, Antonello Mattone, Simona Bellaccini e Igino Sanna, entre otros:
Domingo J. Buesa Conde | Publicado en Heraldo de Aragón el día 29 de enero de 2010, festividad de san Valero
A lo largo de los últimos meses hemos vivido un incremento del sentimiento aragonés, coincidente con el descubrimiento de los restos de Pedro III, en el Panteón de Santes Creus, y provocado por el rechazo a las palabras del Consejero de Cultura de la Generalitat catalana, que destrozó en su comparecencia todo lo que han dicho los manuales más importantes de Historia medieval. De aquel suceso se han ido derivando muchas protestas, e incluso propuestas para denominar “Corona de Aragón” al nuevo estadio de fútbol que se construirá en Zaragoza. También se han incendiado los rescoldos del complicado litigio de los Bienes que la diócesis de Lérida ocultó en un Seminario y acabó encerrando en un Museo diocesano, con el único fin de contribuir a dotar de discurso visual la reivindicación del catalanismo. Desde la creación de la diócesis de Barbastro-Monzón, en 1995, se produce una continuada reclamación de un centenar de piezas, joyas artísticas de constatada titularidad aragonesa, en un proceso que ha provocado incluso la desobediencia de los eclesiásticos catalanes ante el Vaticano, empecinados en no devolver ni una sola pieza. Y, recientemente, saltó a los medios de comunicación un tercer litigio entre los aragoneses y la ciudad de Barcelona; cuando su alcalde se lanzó a promover las Olimpiadas de Invierno del año 2022, contra la aspiración aragonesa centrada en el eje Jaca-Huesca-Zaragoza; las tres ciudades que fueron sucesivamente capitales del Reino de Aragón. Los ciudadanos mediterráneos se alegraban de que al final hubiera un “proyecto Catalunya”, mientras desde el interior los internautas anunciaban que opinarán “lo contrario a lo que diga Laporta”, seguros de su catalanismo excluyente. Una vez más, volvía a resurgir el intento catalán de asumir la nevada marca “Pirineos”, cuya historia es más aragonesa según el francés Lucien Briet, y que utilizan en cuanto se puede, hasta para dar nombre a alguna estación del AVE con el mismo o incluso menos derecho que Zaragoza. Estas tres cuestiones nos ponen en alerta de cómo se está consolidando un catalanismo, construido sobre la dimensión del hecho cultural, la creación civilizadora, el prestigio de la Cultura. Y en los tres casos, como ocurre desde hace años, estamos discutiendo sobre ideas y defendiendo bienes, materiales e inmateriales, que se han convertido en pilares de su identidad como pueblo. Por eso, cuando nos asombra su facilidad en construir un criterio que los cohesione y refuerce, lo primero que debemos entender es que vivieron un proceso que no tuvimos en Aragón, quizás por ser victimas de una nobleza que no quiso apostar por el futuro y que se encerró en las palabras del conde de Sástago: “lo que hace falta en Aragón es gente que labre los campos, gente que sirva a los ricos. Gente que sepa… ¿para qué?”. Cuando este poderoso noble, en 1581, decía que el estudio sólo aumentaba el número de vagos, estaba trazando un equivocado camino que nos llevaría a los aragoneses al fracaso, por no entender que el “ser” ciudadano es sólo una categoría alcanzable en la participación, en el interés por lo colectivo, desde la cultura… Por el nefasto individualismo de la nobleza perdimos el tren de la modernidad y sólo pudimos retomarlo gracias a una burguesía industrial que- en el tránsito del 1900- entendió desde Zaragoza que ese paso había que darlo, pero tres siglos después. Pero, en ese momento, la sociedad catalana ya vivía un segundo momento de autoafirmación protagonizado por destacados intelectuales de la Iglesia. Como el obispo Messeguer que, en 1893, fundó el Museo Católico de Lérida con obras arrebatadas de los viejos territorios aragoneses –espacio de potente cultura románica y gótica- alegando que eran necesarias para que sus seminaristas aprendieran la importancia de la iglesia catalana en la creación de la cultura medieval. Nada más y nada menos. Pero, no era una acción aislada. Respondía al pensamiento del obispo Morgades -obispo de Vic, administrador de Solsona y obispo de Barcelona-, que pertenecía a un grupo de intelectuales de la Renaixença, empeñados en la búsqueda de sus raíces, en recuperar el patrimonio artístico catalán y en difundir esa identidad desde espacios como la Exposición Universal de 1888, o por la fundación de museos como el de Vic (1889) y el de Solsona en 1896. No es difícil adivinar que, con estos antecedentes, van a defender estas piezas con uñas y dientes, aunque el derecho nos asista, máxime cuando recientemente han pasado de primar el enfoque cultural sobre el político a todo lo contrario. Pero, no es menos llamativo el continuado proceso de intentar configurar la sociedad de acuerdo con ese sentimiento historicista que, en el romanticismo, intentó dar cuerpo a una nacionalidad catalana. Me refiero al momento en que nace ese mito de la historiografía contemporánea que –junto con el del “carácter originario” de Castilla que tanto gustaba a Menéndez Pidal- denominaron “Corona catalano-aragonesa” y que, como escribió el recordado profesor Ubieto, era constatación de un cierto complejo de inferioridad proporcionado por “el hecho de no haber existido nunca el reino de Cataluña y si el condado de Barcelona”. Y eso duele mucho, incluso mañana. Cuando alguien habla de la Corona catalano-aragonesa, además de no usar el término correcto está generando un agravio con la historia compartida por tres grandes territorios: Aragón, Cataluña y Valencia, unidos solamente por la persona del monarca pero empeñados en pervivir juntos hasta el punto que Jaime II, en 1319, dispusiera que nunca se pudieran separar -autorizando a sus súbditos a alzarse contra el rey que faltara a este mandato-, o hasta demostrarse en el Compromiso de Caspe, tal como ha escrito José Luis Corral, que se aceptó lo acordado para mantener la unidad bajo un mismo monarca. Está equivocado el Conseller catalán y demuestra desconocer lo más básico al hablar de la Corona catalano-aragonesa. No hace falta recordarle que hay documentos escritos “el año cuando el conde de Barcelona tomó mujer a la reina de Aragón” (1151), ni que el rey Fernando II de León firma un tratado de paz (1162) con “Alfonso, por la gracia de Dios, rey de Aragón y conde de Barcelona”. Y es que ese rey también era conde de Barcelona, como heredero de ese Ramón Berenguer IV que fue obsequiado con el título de Príncipe de Aragón para poder casar con la reina Petronila, hija de Ramiro II el Monje, en 1137. Se nota que tampoco ha leído a algunos autores catalanes como Martí de Riquer que explican que la leyenda de las barras catalanas se inventó después del siglo XVII. Y que desconoce que el origen de su error está en un tendencioso librito del archivero Antonio Bofarull, titulado “La Confederación catalano-aragonesa”, premiado por el Ateneo catalán en 1869. Incluso habrá que explicarle que poco antes, Próspero Bofarull había editado el “Libre del Repartiment del regne de Valencia” ocultando todas las referencias a los aragoneses que habían ido a la conquista de Valencia, razón por la cual mintió al asegurar que esa empresa era catalana ignorando la importante aportación jacetana. Desde 1856, el año de la puerilidad del archivero empeñado en sentar las bases del mapa de los països catalans, ha pasado más de siglo y medio pero seguimos tolerando con tibieza este intento de manipular la historia, sin empeñarnos en defender la verdad. Debemos aprender de los vecinos y es absolutamente necesario que nos planteemos el problema y que definamos un buen espacio para hacerlo. Quizás la ciudad de Zaragoza, en cuya catedral se coronaba al rey. No en vano decía Pedro IV que “los reyes de Aragón están obligados a recibir la unción en la ciudad de Zaragoza, que es la cabeza del Reino de Aragón, el cual reino es nuestra principal designación y título”. El único medio de afirmar nuestra identidad es defender lo que conocemos. En consecuencia hay que mejorar la formación de los ciudadanos, potenciar la Sociedad del Conocimiento y lograr que nuestros jóvenes tengan clara la secuencia de nuestro caminar histórico. Hay que conseguir que los aragoneses tengamos un conocimiento de nuestra historia serio, exacto, sin leyendas, sobre el que se asiente el convencimiento de que todos formamos parte de un proyecto común, que a todos nos interesa y del que todos nos beneficiamos. Un conocimiento que podrá tener sus mejores referentes desde Zaragoza, en un escenario urbano con nuestras mejores señas de identidad. El fomento de una cultura propia como valor y como garantía de seguridad, será el motor de la satisfacción y el camino a la innovación permanente. Por eso, en estos tiempos claves para la construcción de un nuevo mundo que viene a sustituir esa sociedad que se nos ha derrumbado entre las manos, que ha sucumbido en una crisis de pánico ante la pobreza personal y familiar, es necesario que recuperemos el compromiso con nuestro pasado, su defensa y el mantenimiento de los valores que hicieron posibles los mejores momentos de nuestra historia. Sin duda, es bueno que un sentimiento de protesta sacuda a los ciudadanos cuando se intenta manipular su historia. Es bueno que nos sintamos obligados a defender las cosas que son nuestras porque las sentimos nuestras. El sentimiento de Zaragoza como capital de Aragón, como lo que siempre ha sido desde el siglo XII, debe ser uno de los ejes de vertebración del futuro y un compromiso de generosidad con todos los aragoneses. La cita es ineludible y los deberes los tenemos que acabar antes del año 2018, momento en el que celebraremos el IX Centenario de la conversión de Zaragoza en capital del Reino de Aragón.