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Orna de Gállego y el reino aragonés

5 de septiembre de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Me habla doña Laura, la dueña del Restaurante Cobarcho de Jaca, al que suelo ir con frecuencia pues se come bien y el ambiente es muy agradable, de un pueblo serrablés para mi muy querido, debido a que frente a su iglesia me hicieron la primera grabación para televisión, en aquel 1972 para el prestigioso Informe Semanal. Por eso, el reto que me lanza hablando de la historia de este lugar, me lleva a plantear algunas reflexiones sobre su orígen.

Orna es un viejo pueblo medieval que se fundó, en la orilla derecha del río Gállego, un río que siempre ha funcionado como camino que ponía en contacto las tierras del Somontano de Huesca con el Pirineo, desde los tiempos más remotos, pues ya sabemos que a su orilla se extendía la calzada que usaban los romanos en la época imperial para ascender a las aguas termales de Panticosa o al paso del Pirineo. Esta circunstancia ha hecho que algunos autores hayan visto en el topónimo Orna una clara vinculación al término latino “urna”, que significa “urna sepulcral”, con lo que abre la posibilidad de poder hablar de algún establecimiento romano aunque quizás sea más acertado el pensar que el primer asentamiento que se produjera aquí, quizás en el siglo IX o incluso el X, fuera el de esos grupos humanos que van emigrando hacia el oriente. En la misma línea que en Lasieso, este proceso de colonización generaría campos de tumbas que pudieron permanecer en la memoria colectiva y generar el nombre de este lugar que no procedería directamente de la presencia romana en la zona sino de la pervivencia del latín como lengua hablada por las comunidades altomedievales.

Sea lo que fuera, la gran época del lugar de Orna se ubica en el siglo XI y debió de comenzar en tiempos del propio Sancho el Mayor que tuvo interés en establecer nuevos asentamientos humanos en estas zonas para ir consolidando la frontera meridional de su reino. El caso es que se levantarían algunas casas, en torno a una amplia calle única que, al final, delimitaría la iglesia que bien pudo situarse en el espacio de la remota capilla y su necrópolis altomedieval. Y este pequeño establecimiento contaría además con su buena ubicación, en un pequeño cerro amesetado en la orilla derecha del Gállego, que lo dotaba de una cierta posibilidad de defensa o, cuando menos, de visuales sobre la zona. Y en los alrededores, la zona boscosa se puso en cultivo a través de quemas de vegetación y de planificar las tablas a utilizar para generar una actividad económica que estaría muy controlada por el monasterio de San Andrés de Fanlo que, desde su fundación en el siglo X, tiene el encargo de gestionar la ordenación territorial de estos espacios del Serrablo meridional, vertebrado por los ríos Gállego y Guarga.

El caso es que, en el otoño del año 1035, el rey Ramiro I se encuentra en este lugar que da nombre a una unidad territorial que se llamó “Campo de Orna” dirimiendo un pleito del monasterio de Fanlo con el poderoso abad Banzo que –en los años siguientes- pondrá todo su interés en hacerse con campos y casas en este enclave, así como arreglar el lagar de Arto, y poner en marcha los cultivos de vid que caracterizaron al Campo de Orna en el medievo. Si rastreamos las donaciones que se hacen al monasterio de San Andrés de Fanlo, podemos comprobar que en esta población ya algunas personas establecidas de peso e influencia en la corte aragonesa, como García Jiménez que es dueño de la iglesia que tiene el lugar, un templo que sería pequeño y que estaba dedicado a San Miguel, o el propio conde Sancho Ramírez –hijo natural de Ramiro I y gran benefactor de la catedral de Jaca- que tiene una casa en la población. Los dos donarán a Fanlo sus casas, sus viñas y la iglesia; lo mismo que hizo Sancho Iñiguez que había emigrado de Orna para iniciar una brillante carrera que le convertiría en un rico propietario en la Hoya de Huesca y en Orna, sustento que le permitió peregrinar a Jerusalén en 1118.

La vieja iglesia que construyó García Jiménez, que él mantenía y pagaba al mismo tiempo que recibía ingresos por los fieles que la usaban, fue derribada a principios del siglo XII para levantarla en el gran estilo románico que ejemplarizaba la catedral jaquesa, mezclando los arquillos ciegos del estilo lombardo, que dominaba las tierras de Serrablo, y el ajedrezado jaqués de la nueva estética románica. Algunos autores incluso nos hablan de que esta nueva iglesia se levanta a instancia del señor Sancho Iñíguez y, recientemente, algún reconocido investigador, ha llegado a sugerir que se epigrafió una inscripción, sobre la jamba derecha del templo, que hace referencia a que allí reposa Sancho…, en este templo del que suponen benefactor en el entorno del año 1100.

La iglesia se edificó en el siglo XII, en el primer tercio de ese momento y durante el reinado de Alfonso el Batallador, teniendo gran importancia puesto que es el mejor ejemplo que tenemos de la penetración del románico jaqués hacia el oriente. Su contemplación hoy está condicionada por la torre que se le añadió y que tiene un claro aire defensivo, propio para una sociedad que vivió en tiempos de frontera y que luego contribuyó a custodiar la paz en este camino del Gállego.


El final de San Juan de la Peña a manos de los franceses…

25 de agosto de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“…la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes” (Miguel de Unamuno)

En pleno Pirineo aragonés, al pie de una enorme roca cortada a pico en la sierra de San Juan situada en las cercanías de la ciudad de Jaca, a sólo veintisiete kilómetros de distancia y en los verdes paisajes del valle de Atarés, se encuentra ubicado el antiguo cenobio mozárabe que ha terminado convirtiéndose en el símbolo del Reino de Aragón, el monasterio benedictino más próspero del Aragón del siglo XI, un centro del poder religioso y político en el que fueron sepultados grandes reyes aragoneses y navarros como Sancho el Mayor, Ramiro I o Alfonso I, y convertido en lugar de peregrinaje en la vía francesa del Camino de Santiago.

Un conjunto histórico-artístico que, más allá de la crisis económica de finales del siglo XVI, inició su cuenta atrás a finales del XVIII, con la Guerra de la Convención contra los revolucionarios franceses, que supuso la desaparición de parte de la orfebrería pinatense entregada al rey Carlos IV para emplear su valor monetario en defender a la nación, aunque de manera más trágica resultó el episodio de la Guerra de la Independencia. En 1809, mientras la invasión napoleónica tomaba Huesca y Zaragoza, en San Juan de la Peña se estableció un núcleo de resistencia, de la mano de Miguel Sarasa –guerrillero del cercano pueblo de Embun–, que se refugió en el monasterio.

Así, se produjo un terrible suceso del que hoy se cumplen 201 años, ese momento en el que los franceses, respetando el monasterio Viejo, decidieron incendiar el monasterio barroco, además de proceder a fundir abundantes objetos litúrgicos del tesoro pinatense que pudieron robar los soldados de Napoleón, por lo que el monasterio Nuevo comenzó a vivir épocas de penurias económicas que se acrecentaron cuando se comenzó a reconstruir en 1815 y se atendió al ornato de la iglesia principal.

Pero la sucesión de trágicos episodios no acabaría aquí ya que, en agosto de 1835, el gobernador militar y político de Jaca ordenó el desalojo del monasterio, como castigo al apoyo que éste había prestado a los ejércitos carlistas rebeldes a Isabel II. Y, poco después, este abandono de los monjes sería definitivo en ese mismo año, cuando el ministro Mendizábal puso en marcha su famoso proceso de desamortización, que culminaría con la calificación de todos los bienes y edificios del monasterio como propiedad nacional.

Tan sólo se salvaron unos pocos objetos que fueron trasladados a la catedral de Jaca, como es el caso de las dos urnas de plata que contenían los restos de san Indalecio y de los santos Voto y Félix. La escasa docena de monjes que habitaban el monasterio en aquel momento, bajo el gobierno de su último abad, fray Pascual Ara, acabaron sus días repartidos entre la catedral de Jaca y las parroquias del entorno. Una situación lamentablemente irreversible, provocada también por la sucesión de otros acontecimientos singulares, como la pérdida de las propiedades seculares, que provocó el final de la vida monástica en estos parajes de la sierra de San Juan de la Peña.

· Bibliografía: Buesa Conde, Domingo J.: ‘Monasterio de san Juan de la Peña’; León, 2004 (Editorial Everest)


García Lorca en la ciudad de Jaca en 1949

21 de agosto de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

El amigo Juan Carlos Galtier ha puesto una foto de Federico García Lorca con nuestra querida Peña Oroel a su espalda. Es una foto que nos indica que el gran poeta español ha estado en Jaca, pero es una foto que no nos habla de lo que sucedió cuando Federico llegó a esta ciudad para representar Fuenteovejuna con la compañía teatral “La Barraca”. Pues sucedió que el alcalde, entonces era Enrique Bayo, avisado por el gerente del Teatro Unión Jaquesa –que era Antonio Tramullas- tuvo que suspender la representación ante los cientos de personas que se agolpaban en la calle queriendo entrar a un local que apenas podía sujetar tal avalancha. Como compensación de esta euforia por ver actuar a “La Barraca”, el poeta Federico García Lorca hizo una lectura de sus versos para los estudiantes de la Universidad de Verano. Y a esta anecdota quiero sumar otra que, a buen seguro, llamará la atención de todos nosotros.

En agosto de 1936 el excepcional poeta español Federico García Lorca moría asesinado en su tierra natal por unos sanguinarios que hicieron del odio y de la intransigencia su bandera. Trece años después, en la ciudad de Jaca el 3 de agosto de 1949, un grupo teatral representaba “Doña Rosita la soltera”, una obra de Lorca que puso los pelos de punta a los guardianes de los principios del régimen. Y hoy, admirando a aquella gente por su valentía y su compromiso con la literatura, nos podemos preguntar cómo lo lograron. Y en ese momento salen a la palestra algunos nombres de gentes que ayudaron a que las palabras de García Lorca pervivieran por encima de los ruidos de los fusiles franquistas. Debemos recordar que los ensayos se hicieron –y fue la única manera de que pudieran hacerse- en las salas del Palacio Episcopal, arriesgada y valientemente facilitadas por el obispo Bueno Monreal y su secretario el canónigo Royo Marín. Y debemos saber que, después de la valentía del obispo, la pieza teatral se logró representar -tras ser censurada por atentar contra los derechos de autor- con la ayuda política del rector Miguel Sancho Izquierdo que habló hasta con el Gobernador Civil de la provincia. El colofón es divertido, las tres mil pesetas que se sacaron en la sesión se emplearon para ayudar a las Hermanitas de los Pobres de Jaca, que atendían a los ancianos desamparados. Así se escribe la historia. Y es muy conveniente saber de las personas que en el anonimato hacen gestos heroicos, pero olvidaremos a los secretas que denunciaban que el obispo Bueno Monreal tenía reuniones singulares en su palacio. Por eso, también quiero dejar constancia de los jóvenes jacetanos y de los soldados que estaban cumpliendo la mili –que esos si se la jugaron- protagonistas de esta “Rosita la pastelera” del gran Federico García Lorca. En esa ocasión pisaron el escenario Mari Carmen Vela, Angelines Abad, Paulina Bayona, García Almagro, Isabel Lacasa, Lorenzo Echeto, Esther Gastón, Martínez Valdés, Blanquita Lanzas, Fina Sánchez, Juan Sola, Paco Orós, Pascual Albás, Cruz Lacasta, Ríos Iguácel, Teresita Ara, Matilde Calvo, Gregorio Cruz… y colaboraron el relojero Muñoz, Francisco Puértolas, José María Mengual, Luis Gil, el soldado José Peña que hizo los figurines, y María Josefa Buesa al piano.


El camino por el Somport

20 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

En el siglo XI, allá por los años de la década de 1070, la familia real aragonesa pone en marcha un importante hospital en el Puerto de Somport, desde el cual se atienda la salud y las necesidades alimenticias de los que peregrinan hacia Compostela. Ese nuevo hospital promociona un nuevo camino, mucho más cómodo que la vieja vía romana de Siresa, y además controla un valle que le permite al rey establecer las aduanas que le convertirán en un monarca muy rico. En el siglo XII el viejo hospital real se potencia como uno de los tres centros más importantes de los caminos del mundo cristiano, y así se vivirá una época de apogeo hasta fines del medievo cuando los monjes responsables de este Hospital de Santa Cristina acaben viviendo en Jaca y desatendiendo su fundación. Desaparecerán sus ricas reliquias que llamaron la atención de los peregrinos, desaperecerá esa caridad cristiana que daba de comer y les daba aceite para cuidar sus sandalias, desaparecerá la atención al enfermo y el cementerio de peregrinos comenzará a ser invadido por la maleza… Todo es susceptible de ir a peor, cosa que ocurrió cuando en el siglo XVIII cuentan que aquí los pocos monjes que quedaban eran más bandoleros que frailes…


El Camino de Santiago por el valle de Hecho

20 de julio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

En los primeros años de la peregrinación, desde el siglo IX hasta el siglo XI, el camino que utilizaron los peregrinos que caminaban hacia el Finisterre, en busca de la tumba del apóstol Santiago pasaba por el valle de Echo, siguiendo la vieja calzada romana que comunicaba Zaragoza con el Bearne, en ese tramo que recorría el Pirineo desde Siresa hasta Lescum. El viejo Puerto del Palo, complicado en su orografía, había conseguido hacerse con el control del camino puesto que, a sus orillas, se había levantado el monasterio condal de San Pedro de Siresa desde el que los monjes atendían la hospitalidad, cuidaban a los enfermos y mantenían abierto el camino. Un camino que protegían los soldados del conde de Aragón que vivía en el valle y que mantuvo este camino hasta que se trasladó a Jaca, el nuevo centro político del podr aragonés, y el valle cheso comenzó a perder protagonismo. Pero, esa crisis que comenzó en el siglo X no se cerró hasta la segunda mitad del siglo XI, cuando los soldados aragoneses que protegen los caminos se ocupan de un nuevo paso: el de Somport.


Sancho Ramírez, un revolucionario de su tiempo…

8 de junio de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Por Domingo J. Buesa Conde | Conferencia pronunciada, con ocasión de los XXV Años de la “Asociación Sancho Ramírez”, en la Catedral de Jaca.

Sábado, 29 de mayo de 2010

Respetado alcalde, querido Enrique.
Dignísimas autoridades civiles, militares y religiosas.
Señoras y señores.

Con el permiso del Ilmo. señor Deán de la Catedral, y dando la espalda a santa Orosia, mi patrona, aunque les tengo que decir que nunca tuve mejor guardadas las espaldas.

Esta noche no les puede extrañar que comience manifestando que es para mi un honor el poder participar en la celebración de los XXV años de una asociación tan ejemplar y tan querida como la que hoy nos convoca aquí, de la mano de ese jacetano excepcional que es Ángel Mesado al que quiero trasmitir el reconocimiento y la profunda admiración de los estudiosos del románico aragonés.

Y junto a ello, tengo que reconocerles la emoción que me produce hablar en esta catedral de Jaca, que ha marcado muchos momentos de mi vida y de mis sentimientos. Y junto a ello, participarles mi alegría por poder hablar en este espacio que él hizo posible, del propio rey Sancho Ramírez, un viejo amigo que me ha acompañado en mis viajes, sobremesas, alegrías, paseos, estudios y desánimos, durante los últimos cuarenta años. Un rey al que he dedicado muchos libros y muchos trabajos; que me ha hecho pensar mucho y al que he ido reconstruyendo como un montañés de su tiempo, con sus miedos y sus sueños, con su intensa pasión por vivir el futuro, con su profunda dimensión de revolucionario.

Y de eso les quiero hablarles esta tarde, del hombre que se esconde en 159 documentos y que palpita en sus gestos de gobierno. Del rey que recuerda emocionado a sus padres. Es una tarea muy complicada pero les aseguro que apasionante, puesto que no se trata sólo de ver el mundo del siglo XI a través de los ojos de un aragonés cualquiera, puesto que esos son los ojos del rey que hizo posible Aragón.

El compromiso con el linaje

Para ello debemos retroceder hasta el año 1043, casi dos mil años al momento en el que nació el infante Sancho, para encontrarnos con un angustiado monarca que tiene que hacer frente a muchos problemas para consolidar su escaso poder, sin dejar de atender a los nobles que le ayudan en la guerra, a cambio de tierras y castillos, a sabiendas de que su ambición no tiene límite.

Un monarca que tiene que conseguir además la fidelidad de unos campesinos que van mejorando su vida como consecuencia de esa época de calentamiento del clima, que viven estos valles con veranos cálidos y secos, muy aptos para la guerra, después de primaveras muy lluviosas que permitían aumentar las cosechas desde los trigales que se extendían a orillas de los ríos hasta los bosques que eran básicos para su vida, en un mundo en el que se ha dicho que los campesinos necesitaban la madera “desde la cuna hasta el féretro”, sin salir de su casa.
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