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Recordando al Conde de Aranda

9 de enero de 2011     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Hoy 9 de enero tenemos que recordar al conde de Aranda, a ese gran aragonés que nació en la localidad oscense de Siétamo y que se convirtió en Presidente del Consejo de Castilla (1766 – 1773) y Secretario de Estado de Carlos IV (1792). Todo un personaje, de esos que han gozado de mando en la historia y cuyas decisiones se han convertido en punto de partida de realidades muy beneficiosas para los pueblos. Pero ahora sólo vamos a recordar que, destituido por el rey Carlos IV que se rindió a las presiones del favorito de su mujer, de Manuel Godoy, el conde de Aranda acabó desterrado en Jaén y cesado de sus responsabilidades porque mantenía -contra la opinión de Godoy- que había de evitar la guerra con Francia. Al final, era tan evidente el injusto trato del rey, que le autorizó a volver a sus tierras de Aragón y el X Conde de Aranda decidió acabar sus días en su palacio de Epila, donde murió el 9 de enero de 1798.

Muerto el conde, uno de los aragoneses más influyentes en la historia de España, fue llevado a enterrar al panteón familiar en San Juan de la Peña, monasterio desde el que se lo llevaron al Panteón de Hombres Ilustres de San Francisco el Grande de Madrid. Pero, estaba claro que Madrid no iba ya con él y así volvió al viejo monasterio aragonés donde descansa hoy desde 1985, como debe ser, en su tierra, en la tierra que él amó, en el monasterio que sus antepasados mimaron y protegieron, en su casa. En ese monumento que ha protegido su amada fundación: la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis que nació de la mano del conde de Aranda.


El Santo Grial y su custodia en el Reino de Aragón

26 de septiembre de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza” (Paul Géraldy)

Dentro de toda la tradición cristiana, una de las reliquias más veneradas ha sido el Santo Grial, el cáliz empleado por Jesucristo para celebrar la Eucaristía en su Última Cena con los Apóstoles, y a través de la cual se tejieron diversas leyendas –durante la Edad Media– que le atribuían propiedades milagrosas, como la capacidad de curar o de proporcionar la inmortalidad, además de convertirlo en instrumento para la contemplación de la Divinidad. Tanto es así que diversas copas han sido reverenciadas como la verdadera pero, sin embargo, la que parece más posible que lo fuera, o al menos no existen argumentos científicos que lo puedan negar, es el Santo Grial que se conserva en la Catedral de Valencia desde el año 1437, tras una breve estancia en Barcelona, pero siendo previamente custodiada durante casi once siglos en la provincia de Huesca, donde llegó procedente de Roma debido a la mediación de San Lorenzo.

El diácono oscense, residente en Roma, ante el peligro que acechaba a los cristianos por la enfervorecida persecución llevada a cabo por el emperador Valeriano, decidió enviar el Santo Grial a su tierra natal, encomendando la misión a San Indalecio, portador también de una carta de San Lorenzo, y ahí, en la ciudad de Huesca, se conservó desde mediados del siglo III (año 258) hasta el año 713. En ese momento, la invasión musulmana estaba llegando a su máxima expansión en España, por lo que el Obispo oscense de la época se refugió en las montañas pirenaicas, llevándose consigo distintas reliquias, entre ellas el Grial.

De este modo, la reliquia llegó al Monasterio de San Juan de la Peña en 1071 para que fuera utilizada en la primera misa, según la liturgia romana, donde permaneció hasta finales del siglo XIV, siendo reverenciada durante todo ese tiempo por los reyes aragoneses y todo el pueblo en general, teniendo constancia de ello mediante un documento conservado en el Archivo de la Corona de Aragón, fechado –tal día como hoy– el 26 de septiembre de 1399, en el que consta que el prior Fray Bernardo hacía entrega del mismo al rey Martín I, “el Humano”, quien deseaba instalarlo en la capilla del Palacio de la Aljafería.

De allí, viajaría a Barcelona, en cuya capilla real se encontraba a la muerte de Martín I, según inventario de septiembre de 1410, donde permaneció hasta 1424, año en que Alfonso V de Aragón lo trasladó al Palacio Real de Valencia, y en 1437 fue entregado en depósito a la catedral de esa ciudad; allí ha permanecido hasta ahora, salvo algún pequeño paréntesis.

Realmente no se puede asegurar que aquella copa fuera el cáliz usado por Jesús, sin embargo los estudios arqueológicos realizados sobre la copa conservada en Valencia atestiguan la antigüedad de la misma, ya que, si bien todos los adornos de joyas y partes como el pie inferior son añadidos hechos en la Edad Media, la copa en sí se trata de una realización datada entre el siglo IV a.C. y I d.C., y ejecutada en Egipto o en Siria, lo cual podría coincidir con el vaso que usara Jesús. Además, la calidad y valor de los adornos medievales nos dicen que durante mucho tiempo fue tenida como una obra reverenciada y muy valiosa, esto es, la tradición de que se trataba del Santo Grial venía de muy antiguo.

En definitiva, los datos históricos y las certificaciones arqueológicas se mezclan con las dudas y lo legendario, todo ello para concebir una de las tradiciones de mayor calado en Aragón: la presencia, durante siglos, del Santo Grial de Cristo en el Monasterio de San Juan de la Peña, donde actualmente se conserva una réplica.


El final de San Juan de la Peña a manos de los franceses…

25 de agosto de 2010     Publicado por Orlando Suárez Cámara    

“…la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes” (Miguel de Unamuno)

En pleno Pirineo aragonés, al pie de una enorme roca cortada a pico en la sierra de San Juan situada en las cercanías de la ciudad de Jaca, a sólo veintisiete kilómetros de distancia y en los verdes paisajes del valle de Atarés, se encuentra ubicado el antiguo cenobio mozárabe que ha terminado convirtiéndose en el símbolo del Reino de Aragón, el monasterio benedictino más próspero del Aragón del siglo XI, un centro del poder religioso y político en el que fueron sepultados grandes reyes aragoneses y navarros como Sancho el Mayor, Ramiro I o Alfonso I, y convertido en lugar de peregrinaje en la vía francesa del Camino de Santiago.

Un conjunto histórico-artístico que, más allá de la crisis económica de finales del siglo XVI, inició su cuenta atrás a finales del XVIII, con la Guerra de la Convención contra los revolucionarios franceses, que supuso la desaparición de parte de la orfebrería pinatense entregada al rey Carlos IV para emplear su valor monetario en defender a la nación, aunque de manera más trágica resultó el episodio de la Guerra de la Independencia. En 1809, mientras la invasión napoleónica tomaba Huesca y Zaragoza, en San Juan de la Peña se estableció un núcleo de resistencia, de la mano de Miguel Sarasa –guerrillero del cercano pueblo de Embun–, que se refugió en el monasterio.

Así, se produjo un terrible suceso del que hoy se cumplen 201 años, ese momento en el que los franceses, respetando el monasterio Viejo, decidieron incendiar el monasterio barroco, además de proceder a fundir abundantes objetos litúrgicos del tesoro pinatense que pudieron robar los soldados de Napoleón, por lo que el monasterio Nuevo comenzó a vivir épocas de penurias económicas que se acrecentaron cuando se comenzó a reconstruir en 1815 y se atendió al ornato de la iglesia principal.

Pero la sucesión de trágicos episodios no acabaría aquí ya que, en agosto de 1835, el gobernador militar y político de Jaca ordenó el desalojo del monasterio, como castigo al apoyo que éste había prestado a los ejércitos carlistas rebeldes a Isabel II. Y, poco después, este abandono de los monjes sería definitivo en ese mismo año, cuando el ministro Mendizábal puso en marcha su famoso proceso de desamortización, que culminaría con la calificación de todos los bienes y edificios del monasterio como propiedad nacional.

Tan sólo se salvaron unos pocos objetos que fueron trasladados a la catedral de Jaca, como es el caso de las dos urnas de plata que contenían los restos de san Indalecio y de los santos Voto y Félix. La escasa docena de monjes que habitaban el monasterio en aquel momento, bajo el gobierno de su último abad, fray Pascual Ara, acabaron sus días repartidos entre la catedral de Jaca y las parroquias del entorno. Una situación lamentablemente irreversible, provocada también por la sucesión de otros acontecimientos singulares, como la pérdida de las propiedades seculares, que provocó el final de la vida monástica en estos parajes de la sierra de San Juan de la Peña.

· Bibliografía: Buesa Conde, Domingo J.: ‘Monasterio de san Juan de la Peña’; León, 2004 (Editorial Everest)